Tazones, el mar en el bolsillo

Septiembre 18th, 2009

La villa marinera es un lugar donde lo pequeño, en vez de asfixiar, alivia; donde todo parece puesto y dispuesto a nuestro alcance.

Tazones no esperaba por Carlos V; los comuneros castellanos, sí, y no precisamente para brindarle una entusiasta bienvenida. Acaso ni siquiera se presuponía por estos lares que con la entronización del Emperador que venía de lejos cambiarían demasiado las cosas. Y es que, entonces como ahora, estábamos muy lejos de casi todo; ya en aquellos días, el síndrome de insularidad, si bien no definido, habitaba entre nosotros. Y, en cualquier caso, se diría que Tazones es el enclave pintiparado para que apareciesen, sin saber cómo, aquellas embarcaciones que escoltaban al nuevo César. Como si el mar quisiera hacerles conocer un sitio único, antes de que se dispusiesen a iniciar una era histórica. Como si el mar pretendiese humanizarlos.

Desembarco accidental que supone un pretexto para celebraciones festivas cada verano, que no tiene otro significado que no sea recordar un acontecimiento que se presta a la retranca. Ni la épica, ni la lírica, sino el relato en clave de coña asturiana. No es un episodio que evoque glorias; es una anécdota divertida. Sobre ella, la fiesta. ¡Bendita coña la nuestra! Aquí, en Tazones y en Asturias, bromeamos con la historia, y con tal valiosa materia prima somos productores de leyendas. Ello es en verdad admirable. La supuesta llegada de Carlos V ni se cuenta ni se declama con heroicos dáctilos y espondeos, sino que su musiquilla tiene el inequívoco ritmo de la sorna.

¿Cómo no admirar un imaginario así presidido por el sentido del humor? Y, al mismo tiempo, tan pronto nos emplazamos en Tazones, resulta inevitable la certeza de que un enclave así estaba destinado a ser, también, lugar de culto de aquel Romanticismo literario que inventó el paisaje incorporándolo al universo artístico.

¿Acaso no nos estremece la pequeñez del lugar, pequeñez que es, quizá, su mayor grandeza? ¿No es en verdad prodigioso que en Tazones se obre el prodigio de que la tópica, y no menos real, inmensidad del mar se aleje de nuestra vista y se presente ante nosotros replegada y empequeñecida?

Y es que el visitante no percibe, a primera vista, como cabría esperar, el fuerte contraste entre el pequeño puerto frente a lo inconmensurable del mar. Se diría, antes bien, que el mar que se avista, que el mar que nos llega, se ha hecho pequeño, y se moldeó a nuestra medida, esto es, a nuestra mirada.

Así, quiso el legendario relato que el heredero de aquel gran imperio llegase, sin la intervención de su poderosísima voluntad de poder, a Tazones, donde el mar, a primera vista, se transforma acomodándose a un tamaño de bolsillo. Así, quiso el legendario relato que las naves aquí no luchasen contra elemento alguno, ni se viesen favorecidas por ellos. Se trataba del caprichoso azar que las llevó a la sorpresa, sin beligerancia ni protagonismo de los elementos que en ese momento no estaban de servicio.

Bien mirado, ¡qué poder el de la coña asturiana trayendo a estos lares a aquella comitiva en la que viajaba el que era entonces el hombre más poderoso del mundo! Bien mirado, ¡qué lección de humildad, de relativismo de poder, cuando esto segundo estaba lejos de ser formulado en términos precisos!

Y, volviendo al romanticismo del lugar, Tazones es, además de otras cosas, uno de esos pocos pueblos donde lo pequeño, en lugar de asfixiar, alivia, donde todo parece haber sido puesto y dispuesto a nuestro alcance, y en ese todo está omnipresente la belleza que lo envuelve y aterciopela. Belleza de un mar que se humaniza a nuestro modo, esto es, que se asturianiza, que se acomoda a lo que es, íntima y entrañablemente, atopadizo.

Tazones, donde el mar se hace de bolsillo, donde el entusiasmo se apodera de todo aquel que esté dispuesto a dejarse querer, también al asturiano modo, por el paisaje, por el entorno.

1910

Observe el lector la fotografía que da cuenta de la fisonomía de Tazones en 1910. Corredores y galerías, buhardillas, que miran al mar. En la planta baja, ventanas y puertas con marcos de piedra. Más arriba, las maderas, tan resistentes, como la tierra en que crecieron. Tras las edificaciones, apenas sin espacio, la montaña. Ropa tendida. Casas que casi se apoyan las unas a las otras.

Quisieron las montañas y el mar que fuesen muy pocos los elegidos para habitar un pueblo tan hermoso y único. Quisieron sus gentes emplazar allí lo más genuino de la arquitectura tradicional asturiana, tendente de forma estremecedora a otear horizontes que no tienen voluntad de dejarse ver, bien por las nieblas que tanto nos cercan, bien por una disposición paisajística que nos pone los límites tan constreñidos, acaso con inequívoca voluntad de provocar nuestra imaginación.

Tres décadas

Tres décadas después, la misma casa, acaso más blanqueada, a no ser que tal percepción obedezca a la mejor conservación de la fotografía. Una barca entre la tierra firme y el mar, herramienta de trabajo y subsistencia, más allá de pintoresquismos ñoños en los que tanto se incurre. El corredor y la galería, la galería y el corredor, para avistar algo más que el paisaje, para ver llegar a quien se espera, para observar la mayor o menor marea, para recordar incursiones del pasado, para soñar con lo venidero.

Abierta la puerta principal, si no del todo, sí lo suficiente, lo que da idea de movimiento y actividad que, claro está, tiene que ver con el mar.

No aparecen en las viejas fotos establecimientos hoteleros, que tan omnipresentes son a día de hoy en Tazones, donde los mariscos, pescados y sidra hacen las delicias de los visitantes.

¡Con cuánta propiedad (nunca mejor dicho) y rigor podríamos hablar de un desarrollo sostenible, de una actividad productiva donde la tradición y la modernidad van obligatoriamente juntas!

Comer y beber mirando al mar, desde cualquier establecimiento de Tazones, supone, además de otras muchas cosas, disfrutar de la delicia de unos productos nuestros que se degustan en un sitio único donde, insistimos, lo pequeño oxigena y reconforta, donde no hay angustia posible, donde soñar se hace obligado.

Tazones es un regalo al alcance de todos y supone, también, uno de los mejores ejemplos que ponen de relieve la necesidad de no confundir valor y precio.

El autor de la Epístola Moral a Fabio, de haber conocido Tazones, lo hubiera incluido como lugar de referencia de uso y disfrute para menguar las glorias de soberbios tiranos del Oriente y para hacerlo cita obligada, en compañía de la buena sidra y de las viandas del más acá, «antes que el tiempo muera en nuestros brazos».

fuente/lne.es

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