Archive for Noviembre, 2009


«Un pescador candasín valía por cinco, y los gallegos se los rifaban»

Jueves, Noviembre 19th, 2009 Comments Closed

«El carácter del marinero de la villa es fácil de explicar: el más borracho en tierra y el mejor trabajador en la mar»

VICENTE RODRÍGUEZ VEGA, «EL POZALO» Patrón de pesca jubilado

Candás,

Braulio FERNÁNDEZ

Vicente Rodríguez Vega, candasín de 71 años más conocido por «El Pozalo», es el hombre récord de la mar asturiana. Suyo fue el primer bonitero de la región en entrar en la isla Terceira de las Azores, de los primeros en usar GPS y plóter a bordo e incluso sirvió para experimentar sobre el barco con la primera máquina de hielo, al margen de ser descubridor de una decena de playas marinas. La suya es una vida dedicada a la mar, a bordo de uno de los barcos históricos de Candás, el «Lolo el nin», sobre el que este patrón de pesca asegura haber hallado la felicidad.

-¿Tan feliz fue dirigiendo durante medio siglo un bonitero?

-Sí, lo fui. Comencé de marinero con 14 años y, a la vuelta de la mili, en 1960, ya era patrón de pesca, que era lo que siempre quise ser. De hecho, saqué el nombramiento en la mili.

-¿Cómo explica ese sentimiento de felicidad con una vida tan dura?

-Yo disfrutaba en la mar, te da tiempo para todo cuando llegas a estar 28 días fuera. Allí a lo lejos no hay preocupaciones, comida siempre hay, y a mí siempre me resultó verdaderamente emocionante.

-Se dedicó fundamentalmente al bonito, y eso le llevó hasta las Azores…

-Hasta la isla Terceira, que luego se hizo mundialmente famosa por la reunión entre Bush y Aznar. Fuimos el primer bonitero asturiano que entraba en la isla, allá por 1971. La pesca es intuitiva en buena medida, y conocedores de que este pescado venía de Argentina buscando plancton, salinidad y temperatura, nos dirigimos a las Azores en su búsqueda.

-Estaban fuera casi un mes, ¿cuántos bonitos ha llegado a pescar en una de las salidas?

-Tengo cogidos más de mil bonitos varias veces, a la cacea, con entre 14 y 18 hombres. Pero también ha habido veces que no he cogido ninguno.

-Presume de éxitos entre otras cosas por haber contado con buenos marineros.

-La gente de Candás era muy experta en la mar. Los candasinos eran los mejores pescadores, y eran muchos porque todos se dedicaban a ello en la villa. Los patrones gallegos venían a pescar cerca de aquí sólo porque les convenía contratar a nuestros marineros. Un pescador candasín valía por cinco de los que ellos podían conocer fuera. Y no sólo eso, sino que puedo decir que hasta que los gallegos no vinieron aquí no aprendieron a pescar.

-Forma parte ya de la tradición oral candasina hablar del carácter de sus pescadores.

-Ese carácter se define fácilmente explicando que el pescador de aquí era un borracho en tierra y el mejor trabajador en la mar, un marinero formidable, insuperable incluso. Yo he visto a un hombre pescar con una pata de palo, y ser más diestro que ningún otro.

-A pesar de ser tradicional, siempre gustó de incorporar nuevas tecnologías…

-Ya en el 79 me subieron al barco una máquina de hielo a ver qué tal funcionaba, que por cierto no prosperó en aquella ocasión, y luego fui de los primeros de la región en contar con GPS y un plóter a bordo. Con un margen de error de quince metros todo resulta más fácil. Para conocer todos estos instrumentos visité ferias desde Bilbao hasta Dinamarca, donde conocí los túneles de pesca.

-¿Y qué hay de esas nuevas playas?

-El suelo marino es casi simétrico a la tierra. Si estas enfrente del Naranjo de Bulnes puedes encontrar un arenal perfecto para pescar cigalas, de las que entran dos o tres en un kilo. He descubierto, entre otras, las playas de Lastres, norte de Tazones o la de los Gallos. Algunos de esos secretos sólo los he revelado ahora que me he jubilado.

-¿Qué ha aprendido en más de medio siglo sobre un bote?

-En alta mar he aprendido todo lo que sé, y ha sido el mar quien me lo ha enseñado. Será el mar quien te indique las normas, por muchas lecciones que lleves preparadas.

/lne.es/

Con el mar poderoso

Jueves, Noviembre 19th, 2009 Comments Closed

Memoria de la tragedia litoral que en julio de 1926 se cobró la vida del ingeniero Manuel Orueta y de dos obreros del Gijón industrial.

El mar poderoso, ese mar que subyuga y encanta, que es bello y magnífico, pero que esconde en su bravura la impiedad, ha vuelto a trocar su azul purísimo por el negro luctuoso de la tragedia irremediable y fatal.

Hace unas fechas, la siempre poderosa mar de San Lorenzo, en la Cantábrica, volvió a advertir contra la confianza, y a trocar su azul en el luctuoso negro de la tragedia?

El pasado julio se cumplieron 83 años de otra gran tragedia de mar, consecuencia de otra confianza mal rematada. Todas las tragedias de la mar, al contrario de otras, siempre sobrecogen por su grandeza.

La del domingo 25 de julio de 1926, no en nuestro litoral, sino en los acantilados del vecino Oles, conmovió profundamente los cimientos de la «sociedad» local, tanto por la significación de su principal protagonista, Manuel Orueta Castañeda, un joven ingeniero al frente de una de las grandes empresas locales, y del Gijón industrial y obrero, porque junto a él perecieron sus operarios Lorenzo Martínez y su hijo Luis.

Ocurrió el mismo día y al mismo tiempo que llegaba a su cenit la romería de Ceares; y a la misma hora en que concluía en las proximidades del puente del Piles, la tercera y última etapa de la «Vuelta Ciclista a Asturias», que había a las seis de la mañana había partido de Cangas del Narcea…

Amaneció el día caluroso, y terminó «aturbonado». Quien, en el Gijón festivo, madrugó para acudir a la misa del alba; quien, sin obligaciones, durmió la mañana, para cumplir con el precepto en la más cómoda de doce, de Patronato del Hospital, instituida para el cumplimiento de los labradores, que en la madrugada de los domingos abandonaban sus parroquias por venir con sus productos al mercado de Gijón; y que luego hicieron suya los duques y las damas y los caballeros del comercio, la industria y la navegación… Más que nada, por dejarse ver por San Pedro?

Sin misa, que los tiempos ya eran muy otros, quedaron aquella mañana no pocos romeros y romeras de los barrios populares, que desde primera hora de la mañana preparaban viandas, bebidas y percales, para «subir» al prado grande de la romería de Ceares, donde desde bien temprano lucían los carros de sidra, en uno de los cuales, el de la «Casa Vaquero», sidra de Fran y el Roxu de Cabueñes, se vendían por primera vez las latas calientes de la famosa fabada «Campanal»…

En el Llano, carretera del Obispo, el joven ingeniero Manuel Orueta, hijo del recién fallecido don Domingo, el sabio fundador de la próspera fábrica de palas y vagones, madrugó lo necesario para, como muchos festivos, salir a cumplir con el deber primario de la pesca.

Con él, iban aquel domingo sus hijos mayores, Domingo y Manuel; y como siempre, el encargado del almacén de la fábrica, Lorenzo Martínez Pablos y su hijo Luis, y el chofer de la casa, Eugenio Herrera, hijo del jefe de los talleres de don Manuel. Y al acantilado de Oles, próximo a Tazones, se dirigieron los pescadores, bien entretenidos con cuentos, risas y canciones…

La pesca, al parecer, no se les dio como en otras ocasiones, apenas algo más de dos docenas de chopas habían pescado los expedicionarios en toda la jornada. Por ello, a pesar de que a las seis y media era la hora prevista del regreso, don Manuel, Lorenzo y Luis decidieron apurar la suerte unos instantes más y se dirigieron a la roca más avanzada sobre la mar, a la conocida como la punta del Olivo, que con otras forma peligrosa ensenada donde la mar, como en la Cantábrica, bate con furia… Y de pronto, una ola enorme batió la peña y arrastró a Lorenzo Martínez. Su hijo se lanzó tras la ola para salvar al padre, pero otra los envolvió, desapareciendo ambos entre la espuma. Fue entonces cuando el señor Orueta, que no era nadador experto, sin escuchar los consejos de Eduardo, ni los llantos de sus hijos, se lanzó a la mar en su socorro… En unos instantes, los tres perecieron ahogados…

El automóvil, que a alta velocidad, traía a Gijón a los dos hijos del señor Orueta con la noticia de la tragedia, atropelló de gravedad a la altura de San Justo a Edelmira Pérez, de 18 años, vecina de Arroes, que iba camino de la fiesta.

Tres días después, cuando aún la tragedia de la mar estaba viva, otra nueva, fruto también de otro exceso de confianza, ocurrió en la estación del Norte de Madrid, donde nutrida concurrencia esperaba la llegada del Correo de Asturias, que arrastraba el vagón con el cadáver del ingeniero, que seguidamente iba a ser enterrado en el cementerio de San Lorenzo…

Don Ramón Lavín González, alto funcionario del Ministerio de Trabajo, y apoderado de la familia Orueta, al ver acercarse el Correo, sin percatarse de la proximidad se dispuso a cruzar la vía para colocarse junto a la familia, con tan mala fortuna que resultó alcanzado, falleciendo en el acto…

Comenzó la tragedia de la confianza en la Punta del Olivo de Tazones, y concluyó en la estación del Norte de Madrid… De entonces acá, otras mil.

(lne.es)

Dele la vuelta al queso Las propiedades mágicas, curativas y protectoras de la manteca

Jueves, Noviembre 12th, 2009 Comments Closed

El Museo de la Lechería, en La Foz de Morcín, cuenta con una interesante colección de sellos para marcar el casín, un producto con leyenda propia.

El queso, y tal vez aún más la leche, forma parte de los recuerdos de la infancia universal. A mi madre, por ejemplo, le encantaba de niña comer la nata gruesa que quedaba, tras hervirla y reposar, en la superficie del tazón blanco, un poco desconchado, donde mi abuela desmigaba grandes trozos de pan. Y aún más espolvoreada de azúcar. Hacer manteca también era un arte, por eso a escondidas espiaba a las mujeres de la casa para descubrir cómo hacían aquellos diseños tan bonitos de espirales y pétalos que daba pena estropear, antes de hincar el cuchillo en la «artística» y dura mantequilla para untar un puñado de galletas.

Esa sensación de familiaridad, de cercanía a la tradición, se percibe al llegar al Museo de la Lechería, en La Foz de Morcín. Así, según se entra en el local, al fondo a la izquierda, una blanca estantería contiene unos curiosos utensilios de madera con extrañas simbologías. Son los sellos que dan nombres y apellidos a dos quesos de estos pagos: el cabrales y el queso casín. Sólo ellos, entre todos los quesos asturianos que hoy conocemos, tienen esta peculiar marca.

El casín, además, cuenta con otra peculiaridad: es femenino singular, es decir, realizado tradicionalmente sólo por mujeres que a lo largo de los años han ido transmitiendo a sus hijas el secreto de su elaboración y el nombre o la identificación de sus creadoras.

Así, en Caso existen dos tipos de sello. El primero se llama «ochaváu», es una pieza cilíndrica de madera decorada en los extremos con símbolos sencillos (radiales o rosetas) que se marcará sobre el gorollu (cuajada semielaborada), para diferenciar la pieza de cada artesana durante el amasado, pues este trabajo lo realizaban de modo comunitario varias mujeres, para lo que utilizaban la máquina de rabilar. Cuantas más marcas tenga el gorollu, más amasados habrá recibido.

El segundo sello ya tiene mayor tamaño y complejidad. Detalla Pachu Fernández en su libro «Catálogo de herramientas y útiles tradicionales para elaborar queso» que estos marcos, que se utilizan en la base del queso, «podían contener letras, o bien símbolos o bien ser una fusión de ambas cosas». El arte asturiano se representa en este producto donde no faltan radiales, flores heptapétalas, palomas o el pájaro pez, mezclándose en ocasiones con las iniciales de la artesana. También se destaca la existencia de una serie de marcos con el lema común de «recuerdo». Se cuenta que los marcos son realizados exclusivamente por manos masculinas, en ocasiones por un pretendiente de la artesana, y en otras, por hombres de la propia casa.

De sabor fuerte, amplio, persistente, picante y ligeramente amargo al final de boca, dicen que el casín es uno de los quesos más antiguos de España. Así reza la leyenda: después de la batalla de Covadonga, en el año 713, los casinos, sabedores de lo mucho que le gustaba el queso al Rey Pelayo, le regalaron un queso tan enorme que tuvieron que transportarlo en un carro. Tanto le gustó al Rey y a sus soldados este obsequio que por este motivo concedió el título de nobleza a los casinos.

Desde entonces hasta hoy generaciones de mujeres se han afanado en realizar un producto con una historia, sin duda peculiar, en la que los utensilios para marcar le otorgan una personalidad indiscutible. Los amantes de los quesos, que a veces se pierden buscando el elaborado en Caso entre cuantos se exponen en su tienda habitual, lo tienen más fácil de lo que creen. Cuando tenga una pieza en su mano, dele la vuelta y mire bien. Si lleva firma será casín.

Ubicación: La Foz de Morcín. Fundado en 1993. Su director es José Sariego.

Contenido: interesantísima exposición sobre la cultura tradicional de la leche en Asturias y la elaboración de sus derivados, como los quesos y la manteca. Cuenta con más de 500 piezas recogidas en varios concejos sobre esta actividad, además de una biblioteca especializada y un archivo documental. Horario: de lunes a domingo, de 10.00 a 13.30 y de 16.00 a 19.30. Previo acuerdo se puede adaptar el horario a la visita del centro. También acoge visitas escolares.

La manteca, además de ser un producto de elaboración con raigambre en Asturias, destinado al consumo familiar, está rodeada de singulares creencias. Así, se cuenta, por ejemplo, que existen dos mantecas usadas con fines terapéuticos, según los días en que se hagan: la de mayo y la de la Ascensión. Para distinguirlas se marcaban con una cuchara de madera realizando diversas decoraciones, como cruces, radiales o esvásticas, con lo que se pretendía dar un carácter protector.

Era la manteca un compuesto habitual en los remedios caseros, aplicándose bien en forma de friegas directas (cuando había dolores de vientre en los niños, o también quemaduras) o bien utilizándola como emplasto junto a otros ingredientes.

Por ejemplo, se creía que la manteca que se mazaba durante la festividad de la Ascensión era buena para las picaduras de las culebras. «Contre les mancadures y hasta les picadures de culiebres decíen que yera mui melecinosa la mantega ferida en mayu, amasada con yerbes: les plantes qu’había que chá y yeren: celedonia, yerbaluisa, llantaina, romeru, oriéganu, abeyera y ruda», puede leerse en la exposición del museo de La Foz.

En Tanes (Caso) los romeros hacían abundantes ofrendas de manteca en la ermita de La Magdalena. Pachu Fernández señala en su libro «La manteca de vaca en la sociedad tradicional asturiana» que «éstas se introducían a través de un ventanuco bajo el cual se situaban unas “duernas” o arcas de madera en las que se vertían. Con esta manteca se alumbraba a la Santa todo el año y, de regreso, los romeros recogían las sobras derramadas de la lámpara para utilizarlas como remedio a las enfermedades del ganado». El excedente que no se consumía comenzó a venderse a la fábrica de manteca de Caliao hacia 1889 para sufragar los gastos del santuario, cuyo declive se inició en la segunda mitad del siglo XIX. La capilla de La Magdalena, abogada de todas las enfermedades y de los ganados enfermos o extraviados, desapareció en 1978, bajo las aguas del embalse de Tanes.

fuente/lne.es